domingo, 30 de noviembre de 2014

EL DEMONIO - Mijaíl Yúrievich Lérmontov (Михаи́л Ю́рьевич Ле́рмонтов)

DEMON

(Fragmento I)

Juro por la estrella de medianoche,
por el rayo del ocaso y del levante,
que el soberano de la dorada Persia,
o ningún Rey terrestre
ha besado tales ojos.

Jamás en una tarde calurosa
la fuente salpicante del Sultán
ha bañado tal talle
con su rocío de perlas.

Aún ninguna mano terrestre,
errando por la frente querida
destrenzó tales cabellos.

Desde que el mundo perdió el Paraíso,
lo juro yo, tal belleza
no ha crecido bajo el sol meridional.

(Fragmento II)

Vuela el caballo más rápido que un ciervo; bufa y se abalanza como para la batalla. Se detiene de pronto en su carrera, rígidas al viento las orejas, las narices vibrantes, y de nuevo se lanza, enloquecido, golpeando el suelo con los tacos de sus herraduras resonantes y sacudiendo su crin, desmelenado.

Lo monta un jinete silencioso que vacila en la montura hasta unir su cabeza con la crin. Ya no maneja la brida, pero su pie va ajustado al estribo, y se ven en la gualdrapa los chorros anchos de sangre.

¡Corcel audaz, como flecha sacaste a tu amo fuera del combate, pero la bala traidora del osetio lo alcanzó en las tinieblas!

Hay llanto y gemidos en la familia de Gudal. La gente se aprieta en el patio. ¿De quién es el caballo que llegó cubierto de polvo y cayó en las piedras junto a la reja?
¿Quién es ese jinete sin aliento?

Las arrugas de su rostro moreno guardan aún la ansiedad de la batalla. Están cubiertas de sangre sus armas y sus ropas, y en un apretón furioso, su mano se ha congelado en la crin...

¡No fue por mucho tiempo que esperaste, novia, a tu joven prometido! Ha cumplido su palabra de príncipe: llegó a la fiesta nupcial...

¡Ay, nunca más montará en la silla de su corcel audaz!...

(Fragmento III)

¡Sobre la familia incauta descendió como trueno el castigo de Dios! Cayó en su lecho sollozando la pobre Thamar. Las lágrimas se deslizan una tras otra; respira con dificultad.

Y le parece oír sobre ella una voz mágica:

¡No llores, niña, no llores en vano! Tus lágrimas no caerán como rocío vivificante sobre el cuerpo mudo. Tan sólo nublarán tu mirada clara, quemarán tus mejillas virginales...

Él está lejos; no reconocerá ni apreciará tu dolor. Una luz celeste acaricia ahora la mirada incorpórea de sus ojos, y está oyendo las melodías del Paraíso ya...

¿Qué son los sueños mezquinos de la vida, los gemidos y las lágrimas de una muchacha infeliz, para él, huésped de la región empírea? No... el destino de los mortales, créeme, ángel terrestre mío, no vale un instante de tu preciosa pena.

Por el mar aéreo, sin velas, sin timón, armoniosos, flotan en la niebla los corros de los astros.

Por los espacios infinitos de los cielos, pasan sin dejar huellas los tenues rebaños de nubes transparentes.

Para ellas no hay dicha ni dolor en las horas del encuentro o de la separación.

No esperan nada del porvenir ni recuerdan el pasado.

Acuérdate de ellas en el día penoso del infortunio.

¡Impasible ante todo lo terrestre, sé indiferente y serena como las nubes!

Tan pronto como la noche cubra las cimas del Cáucaso; tan pronto como el mundo calle encantado por una voz mágica; tan pronto como el viento sobre la roca agite la hierba marchita, y el pájaro escondido revoloteé alegremente en las tinieblas, y bajo la viña una flor nocturna se abra bebiendo el rocío celeste con avidez; tan pronto como la luna rubia se levante quieta tras del monte y te mire furtiva, volaré hacia ti, me quedaré contigo hasta el alba, y a tus sedosas pestañas les enviaré dorados sueños...

(Fragmento IV)

“¡Padre!... ¡Padre! No más amenazas. No reprendas a tu Thamar. Lloro. ¿No ves estas lágrimas mías? No son las primeras... No seré de nadie. Dilo a mis pretendientes. La húmeda tierra me quitó mi esposo, y jamás daré a otro mi corazón.

Después que enterramos al pie del monte su cuerpo ensangrentado, un espíritu maligno me turba con una irresistible visión. En la quietud de la noche una multitud de sueños extraños me inquieta. De día mi alma no puede rezar. Mi pensamiento se aleja de las palabras y un fuego corre por mis venas...

Me consumo, me marchito cada día más.

Padre, mi alma sufre... ¡Padre mío, ten piedad de mí!

Entrega a un convento esta desesperada hija tuya. Allí me defenderá el Salvador... Frente a Él verteré mi pena.

Ya no hay goces para mí en el mundo...

Deja que la celda sombría me reciba como una ataúd”.

(Fragmento V)

“Yo, libre hijo del éter, te llevaré por los espacios, más allá de las estrellas, y serás la reina del mundo, preciosa amiga mía. Sin pesar, sin compasión, mirarás la tierra, donde no hay verdadera ni eterna belleza, donde sólo hay crímenes, donde sólo mezquinas pasiones viven, donde no se sabe ni amar ni odiar sin temor.

¿No sabes tú lo que es el amor pasajero de las gentes?

¡Agitación de la sangre joven! Pero pasan los días y se enfría la sangre.

¿Quién resistirá a la separación, a la seducción de la nueva belleza, al cansancio, al tedio, a los caprichos del ensueño?

¡Ah, no, amiga mía, no es tu destino marchitarte en el círculo estrecho, esclava del celo grosero de la gente, entre los pusilánimes, los fríos, amigos falsos y enemigos, temores y vanas esperanzas, labores vacías y penosas!

No te apagarás detrás de estas altas murallas tristemente, sin pasiones, tan lejos de Dios como del mundo. ¡Oh, mi bella criatura, a otro estás predestinada! ¡Otro dolor te aguarda; la hondura de otro éxtasis! Libra tus deseos pasados a su propia suerte, abandona el mundo deplorable. Yo te mostraré, en cambio, un abismo de conocimientos soberbios y pondré a tus pies una muchedumbre de servidores. Te daré esclavas ágiles y encantadoras, mi bella.

De la estrella del levante arrancaré para ti la diadema rubia. Cogeré el rocío de la medianoche y con sus perlas cubriré tu diadema. Con un rayo del poniente envolveré tu talle y con hálitos de fragancia llenaré el aire alrededor de ti...

Te acariciaré el oído a toda hora con una melodía divina.

Te construiré un palacio soberbio de turquesas y de ámbar.

Bajaré al fondo del mar.

Volaré tras de las nubes.

Te daré todo, todo lo terrestre. ¡Quiéreme!...”



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