domingo, 30 de noviembre de 2014

EL PRISIONERO DEL CÁUCASO (León Tolstoi)


 León Tolstoi 


Jilin era el nombre de un joven oficial que se hallaba de servicio en el Cáucaso. Una mañana recibió una carta de su madre, en la que decía:


"Hijo querido: estoy demasiado vieja y anhelo volver a verte antes de que sea tarde. ¡Ven a despedirte de mí, te lo ruego! He encontrado una novia para ti, bonita, hacendosa y con buena dote. Si llegas a quererla, puedes casarte y permanecer aquí para siempre. Si no te agrada, regresarás a tu regimiento cuando yo muera."


"Mi madre es anciana y quizás no tenga otra oportunidad de verla", reflexionó Jilin. "Sí, debo ir. Y si me gusta la novia, bueno..., a lo mejor me caso con ella."


Sin meditarlo mucho, solicitó permiso del coronel, se despidió de sus soldados y se dispuso a partir.


En esa época los rusos luchaban contra los tártaros, en el Cáucaso, y el que se aventuraba a transitar por los caminos corría el grave riesgo de morir en sus manos o ser llevado prisionero a las montañas.


Por ser verano, Jilin y los soldados encargados de escoltarlo se pusieron en marcha al amanecer. Un coche en el que se transportaba el equipaje era parte de la escolta, pero Jilin prefirió no ocuparlo y viajar a caballo.


Avanzaban despacio y al mediodía recién habían recorrido la mitad del camino. Atravesaban la desierta estepa, entre nubes de polvo y un sol abrasador.


"Si continúo al paso de la escolta no llegaré nunca", reflexionó Jilin. "Es mejor que me adelante".


Como si adivinara sus pensamientos, se le aproximó el oficial Kostilyn, que también venía a caballo y andaba armado.


Vámonos solos, Jilin —propuso—. Yo no soporto más.


Este calor es sofocante y tengo hambre.


Kostilyn era un hombre alto, rubicundo y muy fornido.


¿Tu fusil está cargado? —preguntó Jilin.
Por cierto.


Jilin no lo meditó más y dejaron atrás a la escolta, bajo la promesa de que ellos no se separarían en ningún momento. Apurando los caballos, ambos oficiales prosiguieron el camino.
Cruzaron la estepa y llegaron a un desfiladero.


Conviene que subamos a la montaña y echemos una mirada hacia el otro lado —dijo Jilin.
No, no perdamos el tiempo —replicó su compañero.
Es mejor cerciorarnos de que no nos espera alguna sorpresa desagradable. Si quieres quédate aquí. Yo volveré en seguida.


Jilin se alejó subiendo por el lado izquierdo de la montaña. Su caballo era un gran corredor, de fina raza, y lo condujo a la cumbre como si volara.


Desde allí, Jilin divisó una columna de aproximadamente treinta tártaros montados que avanzaban. Torció riendas e hizo volver a su cabalgadura como un celaje. Pero los enemigos lo habían descubierto y se lanzaron tras él, esgrimiendo sus fusiles. Al llegar al pie de la montaña, Jilin gritó:


¡Kostilyn, tenemos que defendernos!


Desgraciadamente, en vez de obedecer a su compañero, lo único que Kostilyn hizo, en cuanto vio aparecer a los tártaros, fue emprender una carrera desesperada. Entonces Jilin tuvo que admitir que la situación era más que difícil.
Kostilyn había huido con el fusil, y él no tenía más que su sable.


"Debo escapar cómo sea", pensó, espoleando a su caballo. Pero no le fue posible, porque seis tártaros venían hacia él, cortándole el paso. Uno de ellos, un hombre corpulento de barba pelirroja, montado en un caballo gris, avanzó a su encuentro con un fusil en la mano, dando gritos amenazantes.


"Si me pillan, me encerrarán en un calabozo y me azotarán sin piedad", se dijo Jilin. "¡No puedo rendirme vivo!" Él era mucho menos corpulento que su adversario; sin embargo, su audacia y su valor eran grandes y, desenvainando el sable, se lanzó contra el tártaro.


Lamentablemente estaba cercado y le dispararon por la espalda. Varios tiros hirieron al caballo mortalmente y uno alcanzó a Jilin en una pierna. El caballo se desplomó, y cuando él trató de incorporarse, lo tomaron por los brazos, doblándoselos hacia atrás, y lo golpearon en la cabeza con las culatas de los fusiles. Tambaleó y vio todo borroso.


Como en una pesadilla sintió que lo arrastraban, que le quitaban las botas, el dinero, el reloj.
También tuvo la imagen imprecisa de su caballo agitándose inútilmente, con una herida de la que salían borbotones de sangre. Un hombre se acercó para sacarle la silla y el caballo tembló aún.
Entonces, con un movimiento rápido, el tártaro desenvainó el puñal y lo degolló. Se oyó un relincho gutural, semejante a un alarido, y el animal tuvo un último estremecimiento. La sangre formaba una gran mancha oscura sobre la tierra.


Después, amarraron los brazos de Jilin a su espalda y lo acomodaron en la grupa del caballo del gigante de la barba roja, atándolo a su cintura. Así emprendieron el penoso camino hacia las montañas.


Durante varias horas cabalgaron sin que Jilin lograra ver algo más que la nuca afeitada del jinete al que permanecía atado, y su grueso cuello surcado de venas. Habría querido conocer el camino que seguían, pero le era totalmente imposible mirar hacia los lados. Sólo sabía que habían vadeado un río y que avanzaban por un desfiladero. Al ponerse el sol cruzaron otro río y subieron por una montaña escarpada y pedregosa.


Jilin percibió el olor a humo de las fogatas, escuchó ladrar a los perros, y comprendió que estaban llegando a una aldea.


En efecto, muy pronto los tártaros detuvieron sus cabalgaduras y desmontaron. De inmediato varios chiquillos se agruparon en torno a Jilin, riendo, gritando, tirándole piedras.


Un tártaro los apartó y luego de bajar al prisionero del caballo hizo venir a un hombre de pómulos salientes, que llevaba una camisa rota y el pecho descubierto; era un obrero habitante del Nogai, que se desempeñaba como sirviente.


Este hombre obedeció la orden que le daban y salió, volviendo al poco rato con unos grilletes. Recién entonces desataron a Jilin y, luego de ponerle los grilletes en los tobillos, lo llevaron a una caballeriza. Lo empujaron hacia el interior, y lo encerraron con llave.


Jilin cayó de espaldas y, pasados algunos minutos, buscó a tientas en la oscuridad un lugar donde tenderse.
En esa época del año las noches eran más cortas, y Jilin pasó toda aquélla sin dormir.


Por una ranura en la pared se filtraba un rayo de luz y Jilin comprendió que principiaba un nuevo amanecer. Se levantó y observó hacia afuera por aquel agujero.


Vio entonces el sendero que bajaba desde la montaña: había una cabaña a la derecha y un perro negro estaba echado a la entrada, mientras una cabra y sus crías rondaban por el lugar. Pasados unos momentos, vio a una joven tártara acompañada de un niño pequeño aproximándose a la cabaña.


La muchacha, que usaba amplios pantalones y calzaba botas, se balanceaba graciosamente, equilibrando un cántaro de agua sobre la cabeza cubierta con un caftán. Después que ella entró, salió por la misma puerta el tártaro de la barba roja. Usaba babuchas, un alto gorro de piel y un puñal de plata al cinto.


Cruzó algunas palabras con el trabajador, quien llegó hasta él, y en seguida se marchó. Unos segundos más tarde pasaron dos muchachos que conducían sus caballos al abrevadero y, repentinamente, aparecieron algunos chiquillos, sin más ropas que unas camisas cortas. Corrieron hacia la caballeriza y empezaron a jugar metiendo pajitas y pedacitos de hojas secas por el orificio por donde Jilin miraba.


¡Necesito que venga alguien! —gritó él, y los niños escaparon asustados. Sus piernas desnudas fue lo último que divisó. "Sí, necesito que venga alguien", repitió para sí. "Tengo sed... ¡Mucha sed!"


Como si hubieran escuchado su pensamiento, la puerta se abrió, y entró el tártaro de la barba roja en compañía de un hombre moreno, de brillantes ojos negros, que sonreía. Éste vestía un blusón azul íntegramente bordado, babuchas de cuero rojo bordadas con plata, sobre las que llevaba otras de cuero más grueso, tenía un imponente puñal también de plata en su cinturón y un gran gorro de piel blanca.


El de la barba roja rezongó algo entre dientes y observó a Jilin con una mirada de lobo. El moreno, en cambio, se aproximó y se acomodó en cuclillas a su lado, palmoteándole un hombro. Sus movimientos eran decididos y rapidísimos, igual que si estuvieran impulsados por un resorte.


Ruso bueno —dijo, mostrando sus hermosos dientes, y añadió otras frases incomprensibles.
Agua..., quiero agua... —rogó Jilin.
Sí, ruso bueno —repitió el tártaro.


El prisionero intentó explicarse por señas, hasta que logró darse a entender. Riendo, el moreno fue hasta la puerta y llamó:
¡Dinka! ¡Dinka!


Muy pronto llegó una niña de trece a catorce años que, por el parecido, debía ser su hija. Sus ojos eran igualmente oscuros y relucientes, y era muy hermosa. Llevaba un collar de monedas rusas, y una cinta entretejida con placas de metal y un rublo de plata colgaba de su larga trenza negra. Escuchó lo que le decía su padre y salió rápidamente.


Demoró apenas unos minutos en volver con una jarra de metal llena de agua. Se la pasó a Jilin y también se encuclilló frente a él. Mientras éste bebía, ella lo observaba, cautelosa, sin hacer un solo movimiento. Pero cuando él trató de devolverle la jarra, saltó hacia atrás como una cabra salvaje, en un instintivo impulso de defensa.


El padre estalló en ruidosas carcajadas y, sin dejar de reír, le ordenó algo que la hizo recoger la jarra y salir. Al regresar de nuevo, traía una bandeja redonda de madera, sobre la que venía un pan sin levadura. La niña se puso otra vez en cuclillas, con la mirada fija en Jilin.


Un rato después de que los tártaros y la jovencita se marcharon, apareció el sirviente.
Vamos, amo —dijo—. ¡Vamos!
Jilin lo siguió. Los grilletes que trababan sus tobillos lo hacían cojear. Al otro lado de la puerta surgió la pequeña aldea tártara, con su iglesia y su torre, y las pocas casas que la rodeaban. De una de ellas salió el tártaro moreno e indicó que llevaran a Jilin.


La casa era muy confortable por dentro. Sobre la pared del fondo se adosaban cojines multicolores, y las de los costados estaban cubiertas de lujosos tapices, encima de los que colgaban colecciones de sables con vainas de plata, pistolas y fusiles. En una alfombra de fieltro, reclinados en cómodos almohadones, se hallaban el hombre de la barba roja y tres invitados más.


El tártaro moreno hizo que Jilin se sentara fuera de la alfombra y fue a ocupar su puesto junto a los demás. El sirviente se sentó cerca de su amo y lo contempló boquiabierto mientras comía.


Cuando todos terminaron de comer, una mujer retiró los restos del banquete y trajo un recipiente y una jarra con agua para que los hombres se lavaran las manos cubiertas de grasa.


Ellos lo hicieron y se encuclillaron a leer unas oraciones. Luego hablaron cosas que, una vez más, Jilin no entendía. Pero repentinamente uno de los invitados se volvió hacia él, y mostrándole al hombre de barba roja, le dijo en perfecto ruso:
Kasi–Mohamed te tomó prisionero y te ha vendido a Abdul–Murat. Él es tu dueño ahora.
Siguiendo su costumbre, el tártaro moreno lanzó una risotada:
Ruso bueno. Bueno soldado ruso.
Jilin permaneció en silencio, y el que hacía de intérprete agregó:
Debes escribir una carta a tu familia, pidiendo el dinero del rescate. Son las órdenes de Abdul–Murat.
Recuperarás tu libertad cuando consigas ese dinero.
¿Y puedes decirme cuánto se me exige? —preguntó Jilin.
Los tártaros intercambiaron algunas opiniones.
Tres mil monedas —comunicó el que hablaba ruso.
¡Imposible! ¡Yo no puedo pagar eso! —exclamó Jilin.
¿Y cuánto ofreces?
Quinientos rublos —dijo Jilin, pensando muy bien lo que decía.
La traducción de su respuesta hizo que Abdul–Murat se levantara de un salto y que todos alzaran la voz, gesticulando exaltados. Cuando se calmaron, el intérprete habló:


Tu dueño considera que quinientos rublos es muy poco. Él ha pagado doscientos por ti a Kasi–Mohamed. Por menos de tres mil no serás libre, y si no escribes esa carta te azotarán.


Jilin pensó que demostrar temor frente a los tártaros sería contraproducente, así es que se puso de pie y gritó:


Dile a tu amo que sus amenazas no me asustan. ¡Jamás me han atemorizado los tártaros, y tampoco lo conseguirán en esta ocasión! ¡Malditos perros!


El intérprete cumplió con su obligación de traducir, y cuando los otros lo escucharon, volvieron a opinar atropelladamente, hasta que Adbul los hizo callar, y se aproximó a Jilin.


Valiente ruso —dijo en su idioma, y habló algo más con el traductor.
Dale por lo menos mil rublos —aconsejó éste.
Lo único que puedo ofrecer son quinientos —manifestó Jilin con firmeza.


Los tártaros volvieron a discutir, y Abdul–Murat le dio una orden al sirviente, quien salió corriendo.
Luego todos callaron durante algunos minutos, hasta que el empleado reapareció. Al hacerlo no venía solo. Lo acompañaba un hombre corpulento, descalzo, vestido con harapos y con los tobillos engrillados.


"¡Es Kostilyn!", se dijo Jilin, reconociéndolo. Efectivamente, era Kostilyn. También lo habían capturado. Pero, según relató el intérprete, estaba próximo a recobrar la libertad, ya que había escrito a su casa para que le enviaran cinco mil monedas.


Posiblemente mi compañero es rico —alegó Jilin—. Yo no, y no voy a pedir más de quinientos rublos. Pueden matarme si les parece, aunque no ganarán nada al hacerlo.


Los tártaros reflexionaron un rato, y súbitamente Abdul–Murat abrió un cofre del que sacó una pluma, papel y tinta, indicándole a Jilin que aceptaba el trato, que escribiera.


Lo haré con la condición de que nos quiten los grilletes, nos den ropa decente y nos alimenten bien —puntualizó Jilin.


Abdul rió una vez más al enterarse de estas exigencias, y aseguró que los calzarían y vestirían como si fueran a casarse, y que la comida que recibirían sería digna de príncipes. Se disculpó, sí, de no poder quitarles los grilletes salvo en la noche, por temor de que escaparan. Palmoteando el hombro de Jilin, aseguró, en ruso:


Tú ser bueno. Yo ser bueno.
"Me escaparé", pensó Jilin, mientras escribía la carta, y puso una dirección falsa, para que jamás su madre la recibiera.


Los dos prisioneros fueron conducidos a una caballeriza. Les entregaron casacas y botas usadas de soldado, y les llevaron agua y pan. Al llegar la noche les quitaron los grilletes.
Por más de un mes vivieron en esas condiciones. Kostilyn se consumía de impaciencia y pena, y escribió nuevamente a su casa, suplicando que le enviaran el dinero. Jilin, en cambio, no esperaba nada.


"Mi pobre madre vivía de lo que yo le enviaba. ¿De dónde habría sacado ella quinientos rublos?", se decía. "¡Con la ayuda de Dios conseguiré escaparme!"


Debido a que tenía gran habilidad para los trabajos manuales, decidió confeccionar cestos de mimbre y muñequitos de greda, mientras imaginaba diferentes formas de huir. En una ocasión hizo un muñeco al que vistió con un blusón tártaro, y lo dejó sobre un tejado.


Las niñas que iban a buscar agua, entre las que se hallaba Dinka, la hija de Abdul–Murat, lo vieron y dejaron sus cántaros en el suelo, riendo alegremente. Jilin se lo ofreció, pero ellas no se atrevieron a tomarlo. Sólo cuando él regresó a la caballeriza, Dinka se devolvió, cogió rápidamente el juguete y se alejó corriendo.


A la mañana siguiente, Jilin la observó salir, meciendo el muñeco entre sus brazos. Lo había adornado con cintas de colores y le cantaba una canción de cuna. Desgraciadamente, al poco rato apareció la madre, que se lo arrebató y tiró lejos, rompiéndolo en mil pedazos. Entonces Jilin modeló otro muñeco, mucho más bonito, y se lo regaló a Dinka.


Fue después de este regalo cuando ella vino con un jarrito, y se sentó al lado de Jilin, sonriendo. Él creyó que le traía agua, la misma agua de siempre, pero apenas la probó se dio cuenta de que era leche. Desde esa vez, Dinka le llevó leche diariamente, y en ciertas ocasiones un queso.


En una oportunidad en que Abdul-Murat mandó degollar un carnero, la niña escondió un trozo de carne para Jilin. Todas estas cosas se las dejaba y en seguida se marchaba corriendo.


Una noche llovió a cántaros y se desbordaron todos los riachuelos. Grandes piedras eran arrastradas por la corriente, mientras los truenos retumbaban y los relámpagos iluminaban los montes. Al cesar la tormenta, la aldea quedó surcada por arroyos.


Entonces Jilin le rogó a Abdul que le diera un cuchillo y, utilizando un eje, una rueda y tablas, construyó una pequeña máquina. Luego, con algunos retazos de telas que le dieron las niñas, vistió un muñeco y una muñeca como si hubieran sido realmente un hombre y una mujer; los amarró a ambos costados de la rueda y colocó la máquina en un arroyo.


Impulsada por la corriente la rueda empezó a girar, haciendo que los muñecos saltaran al mismo ritmo. Todos los habitantes de la aldea acudieron al lugar y se mostraron admirados y felices.


A raíz de esto, Abdul llamó a Jilin y le mostró un reloj que no caminaba.
Yo te lo arreglaré —ofreció Jilin. Abrió el reloj con el cuchillo y, con increíble destreza, no demoró en componerlo y dejarlo como si estuviera nuevo.


Así, el ruso tomó fama de ser un artesano muy experto, y llegó gente de otras aldeas trayéndole relojes, fusiles y otros objetos para que los compusiera. Contento, Abdul–Murat puso a su disposición gran variedad de herramientas.


Una vez que el amo se enfermó, hizo traer a Jilin para que lo sanara. Éste, sin saber nada de medicina, lo examinó y, confiando en que sanaría solo, le dio a beber una mezcla de agua con arena, diciendo algunas palabras imaginariamente mágicas frente a la jarra que contenía el brebaje.


Afortunadamente, Abdul-Murat se mejoró.


Rápidamente Jilin comenzó a entender el lenguaje de los tártaros, muchos de los cuales llegaron a estimarlo, y lo llamaban "Iván..., Iván".


Sólo algunos lo miraban todavía de reojo, entre ellos el hombre de la barba roja, que no disimulaba su antipatía. También, entre los habitantes había un viejo que vivía al pie de la montaña y venía a rezar a la mezquita. Se apoyaba en un cayado, llevaba la cabeza envuelta en una toalla, como turbante, tenía la barba muy blanca, la nariz ganchuda y el rostro como la greda roja, íntegramente surcado de arrugas. La expresión de sus ojos era cruel y, apenas divisaba a Jilin, torcía la cabeza y gruñía.


Una tarde, Jilin fue a inspeccionar el lugar donde habitaba este viejo. Al terminar un sendero, descubrió el jardín cuidadosamente cercado, y se encaramó sobre la tapia para ver mejor. Entre duraznos y cerezos, había una pequeña cabaña de techo plano, y enjambres de abejas revoloteaban zumbando en torno a varias colmenas.


Arrodillado junto a una de ellas se encontraba el viejo. Jilin lo observó, pero de pronto, para acomodarse mejor sobre la tapia, hizo un ruido con los grilletes. De inmediato el viejo volvió la cabeza y, sin pérdida de tiempo, sacó la pistola que llevaba consigo y disparó. Jilin alcanzó a esconderse al otro lado del cerco.


Sin embargo, el incidente no terminó allí. El viejo se presentó a reclamar ante Abdul–Murat, quien lo enfrentó a Jilin.


¿Con qué intención fuiste a la casa de este anciano? —averigüó Abdul.
Me interesaba ver cómo vivía —respondió Jilin—. No pretendía hacerle ningún daño.
El amo tradujo estas palabras al viejo y éste se encolerizó aún más. Después de que se marchó, Jilin preguntó quién era, y Abdul–Murat contestó:


Un hombre muy importante. El primero entre los valientes. Ha dado muerte a muchos rusos, y en otros tiempos fue inmensamente rico. Tuvo ocho hijos, y los rusos mataron a siete de ellos. El que sobrevivió se entregó al enemigo, y el anciano lo imitó. Durante tres meses fue prisionero, hasta que encontró a su hijo.


¿Logró encontrarlo?
Sí. Entonces lo mató, y se las arregló para escapar. Desde ese día ya no quiso combatir más, y se fue a La Meca a orar; por eso lleva turbante.


Cambió la guerra por la oración. Pero como odia a los rusos, me exige que te mate, cosa que yo no puedo hacer. Yo he pagado por ti, y además te tengo cariño, no podría matarte. Tampoco te devolvería la libertad si no hubiera prometido hacerlo.
Sorpresivamente se puso a reír, y agregó en ruso—: Tú bueno, Iván, y yo Abdul, bueno también.
Los días siguieron pasando. Jilin dividía su tiempo entre las labores de artesano y paseos por los alrededores. Sólo cuando llegaba la noche, y la gente se hallaba reunida en sus casas, él se dedicaba a cavar un hoyo en la caballeriza.


Así logró hacer una cavidad por debajo del muro, lo suficientemente grande como para pasar por ella, y pensó que debía conocer bien la comarca. De este modo sabría adónde dirigir sus pasos. Con este fin, escogió un día en que Abdul–Murat partió lejos de la aldea, y se encaminó en dirección a la montaña; pretendía observarlo todo desde la cumbre. Sin embargo, no había caminado mucho cuando escuchó la voz del hijo del amo:
¡Detente, Iván! ¡Mi padre ha ordenado que no salgas de aquí!
No iré muy lejos —respondió Jilin—. Necesito unas hierbas para los enfermos, y creo que las hallaré en esta montaña. Acompáñame, y te haré un arco y flechas.


El chiquillo accedió y siguieron avanzando juntos.


Aunque la montaña no parecía tan escarpada, los grilletes dificultaban el paso de Jilin, y casi arrastrándose consiguió llegar arriba. Al hacerlo, respiró profundo, se sentó, y observó cuanto le rodeaba, tratando de alargar la vista: al sur había un despeñadero muy hondo, y al otro lado una aldea; en seguida se alzaba otra montaña prácticamente intransitable, y no muy lejos, otra; en medio de ambas surgía un bosque, y luego cadenas de montes nevados que parecían de azúcar. Por todos lados se levantaban cerros, y en medio de éstos, valles poblados.


"Ellos son dueños de toda la región", pensó.


Entonces miró hacia lo que suponía era territorio ruso y distinguió en medio de los montes una columna de humo que flotaba encima de un amplio valle. Comprendió que justamente allí tenía que encontrarse la fortaleza, y supo, con certeza absoluta, adónde debía dirigir sus pasos al escapar.


Había llegado la hora de la fuga y estaba decidido a hacerlo esa noche. Una noche sin luna, rodeada de una oscuridad densa. Lamentablemente, poco después de ponerse el sol volvieron Abdul–Murat y los demás hombres, y no venían alegres. En vez de ganado traían un cadáver atado a la silla de un caballo.


Era el hermano menor de Kasi–Mohamed, el de la barba roja, y la gente, en su mayoría muy exaltada, se reunió para darle sepultura.


Apareció el almuédano, el viejo musulmán que convocaba a orar, y los viejos se enrollaron toallas como turbantes alrededor de sus cabezas, y se encuclillaron junto al muerto. El almuédano permanecía delante del grupo y todos mantuvieron las cabezas inclinadas, en total silencio, hasta que él dijo:
¡Alá!
El resto coreó, entonces:
¡Alá! —y luego regresaron al silencio. Sólo se escuchaba un suave murmullo de hojas.


El hermano del hombre de la barba roja fue enterrado en una tumba cavada en un subterráneo. Lo bajaron muy lentamente a la fosa y lo dejaron allí, con las manos cruzadas sobre el vientre, sentado y solo. Luego lo taparon con tierra, y encima colocaron una piedra.


Al amanecer, Kasi–Mohamed degolló una yegua y la descuartizó, y reunió en su casa a todos los hombres de la aldea. Por espacio de tres días completos bebieron cerveza y comieron carne, honrando al difunto, y al cuarto día ensillaron los caballos y se marcharon, con Kasi–Mohamed a la cabeza. Sólo Abdul–Murat permaneció en la aldea.


"La luna está en creciente, y las noches todavía son oscuras", meditó Jilin, y tomó una determinación: "Sí, hay que escapar hoy mismo". Se lo comunicó a Kostilyn.


No, es imposible huir sin conocer el camino —objetó éste.
Te equivocas. Yo lo conozco.
Pero jamás llegaremos en una noche...
Nos detendremos en el bosque. He guardado unos cuantos panes y no pasaremos hambre. Entiende, Kostilyn, que fueron rusos los que mataron al hermano de Kasi–Mohamed, y los tártaros están llenos de odio. Lo único que quieren es matarnos.


De acuerdo. Me has convencido —dijo Kostilyn, después de reflexionar unos momentos.


Luego de agrandar más la cavidad, para que Kostilyn pudiera pasar por ella, los dos prisioneros aguardaron a que reinara un absoluto silencio.


Jilin atravesó, entonces, por el hoyo y salió al exterior. Kostilyn lo siguió, pero al llegar afuera tropezó, y produjo un ruido que alertó a Uliashin, el perro guardián. Uliashin era muy bravo y se precipitó hacia la caballeriza, lanzando amenazadores ladridos.


Afortunadamente, Jilin había tenido la precaución de darle de comer, y en ese instante le silbó y le arrojó un pan. El perro lo reconoció, dejó de ladrar y movió la cola en señal de amistad, restregando el hocico en las piernas de Jilin.


El silencio volvió. Únicamente se escuchaba el balido de rebaños distantes, y el rumor del agua de los arroyos que corrían entre las piedras. Las estrellas y la luna nueva iluminaban tenuemente los valles alfombrados por la nieve.


Jilin y Kostilyn se pusieron en camino. Después de atravesar un corral llegaron a un río que vadearon y luego avanzaron por el valle, guiándose por las estrellas. Les resultaba fácil caminar sin los grilletes que les quitaban por las noches. Sin embargo, las viejas botas que calzaban eran sumamente incómodas. Jilin optó por despojarse de ellas y prosiguió el viaje con los pies desnudos, saltando por las piedras, siempre pendiente de las estrellas.


No vayas tan rápido, que estas malditas botas son una tortura —se quejó Kostilyn.
Quítatelas, yo voy mejor así —le aconsejó Jilin.
El otro lo imitó y siguió andando descalzo. Pero se hirió mucho más los pies y continuó retrasando la marcha.
Esas heridas cicatrizarán —opinó Jilin—, en cambio, si los tararos nos pillan perderemos la vida.
Recorrieron varios kilómetros antes de descubrir que se habían equivocado de camino y que tenían que retroceder hacia la izquierda para encontrar el bosque.
¡Déjame tomar aliento! —suplicó Kostilyn, mostrando sus pies ensangrentados.
¡No te detengas! —gritó su compañero, y fue más de prisa, casi corriendo.
Cuando por fin llegaron al bosque y se internaron en él, la situación se hizo aún más difícil. Las ramas de los árboles les desgarraban la ropa y las espinas de los arbustos los rasguñaban como garras afiladas. De pronto, oyeron el ruido de los cascos de un caballo y se detuvieron alelados. El ruido se acalló entonces y volvió a oírse apenas reanudaron la marcha. Así, el fenómeno se repitió: caminaban y el caballo se dejaba oír; se detenían, y se hacía el silencio.


Tratando de ver algo entre las sombras, Jilin divisó, en un instante, un animal que parecía caballo, sobre el que cabalgaba una extraña figura.


¡Qué animal tan raro! —exclamó. Éste pareció escucharlo, porque se precipitó igual que un huracán hacia el interior del bosque. Al verlo, Kostilyn se desmayó, e inesperadamente Jilin se puso a reír—. El monstruo que nos ha asustado no es más que un ciervo, y él también ha sentido miedo de nosotros.


Comenzaba a amanecer cuando terminaron de atravesar el bosque y llegaron a un camino. Kostilyn se dejó caer aniquilado.
Mis pies se niegan a caminar murmuró. En vano Jilin trató de convencerlo. Ningún argumento podía animar a ese hombre. Además, una neblina intensa empezó a descender, cubriendo los cerros.


Súbitamente percibieron el sonido de los cascos de un caballo que venía en dirección a ellos, y éste sí era un caballo de verdad; escuchaban chocar sus herraduras contra las piedras. Jilin se tendió a oír las vibraciones de la tierra.


Sí, viene un jinete —confirmó.
Se arrastraron a un costado del camino y se escondieron entre unos arbustos. Pronto apareció, entre la bruma, un tártaro a caballo que pasó junto a ellos sin percatarse de que lo observaban.


¡Gracias a Dios ya se alejó! —susurró Jilin, y una vez más se empeñó en que su amigo caminara. Fue imposible. Aquel soldado grande y fornido no era más que un guiñapo. Lo remeció y Kostilyn lanzó un grito agudo de dolor.


¡Déjame, me estás haciendo daño!
Jilin tuvo miedo. El tártaro aún se encontraba muy cerca, y probablemente había escuchado. "¿Qué haré?", se preguntó. "Yo todavía soy capaz de correr, pero no puedo abandonar a un compañero..."


Subió a Kostilyn en su espalda, sujetándolo por las piernas, y volvió al camino. Él también tenía los pies llenos de heridas, y aquella carga resultaba horriblemente pesada. No obstante, siguió andando, hasta que oyó cabalgar a alguien detrás de ellos.


Otra vez se ocultaron, con la certeza de que el tártaro los buscaba. Y, en efecto, después de lanzar varios improperios, el jinete disparó, afortunadamente sin dar en el blanco. Luego volvió a alejarse echando maldiciones.


¡Ese perro ha ido en busca de otros para perseguirnos! ¡Estamos perdidos! —aseveró Jilin—. Necesitamos avanzar por lo menos cinco kilómetros más.


Ándate solo —musitó Kostilyn—. No arriesgues más tu vida por mí...
¡No, no se debe abandonar a un compañero!
Nuevamente acomodó a Kostilyn sobre su espalda y recorrió cerca de dos kilómetros. La neblina empezó a disiparse cuando llegaron cerca de un arroyo. Jilin se detuvo. Se hallaba exhausto.


Se inclinaron para beber un poco de agua, y en ese momento oyeron el galope de los caballos y las voces de los tártaros. Jilin intentó arrastrar a su amigo a un escondite, aunque íntimamente sabía que era inútil.


Lo demás ocurrió rápidamente. Los tártaros azuzaron a unos perros, y percibieron crujidos en la maleza. De inmediato vieron a un perro que fue directamente hacia ellos y se puso a ladrar. Los hombres no demoraron. Se precipitaron sobre los dos fugitivos, y después de atarlos, los instalaron sobre los caballos.


Amarrados como bultos encima de las cabalgaduras, deshicieron el camino andado, hasta que salió a encontrarlos Abdul–Murat con dos hombres. El amo ya no sonreía, y ni siquiera les dirigió la palabra. Ya era de día cuando entraron en la aldea.


Dejaron a los prisioneros atados en la calle, mientras los niños les tiraban piedras y los hombres se reunían en círculo a deliberar. Algunos opinaban que lo mejor era llevarlos muy lejos, y abandonarlos entre los cerros.


¡No! —gritó el viejo que vivía al pie de la montaña—. ¡Hay que matarlos ahora mismo!
Eso no me conviene —afirmó Abdul–Murat—. Yo pagué por ellos, y voy a cobrar el rescate.
¡No recibirás ese rescate, y cada día te ocasionarán más problemas! —rebatió el anciano—. ¿Y acaso no sabes que es un pecado alimentar a los rusos? ¡Mátalos, y asunto concluido!


Cuando el grupo se dispersó, el amo se aproximó a Jilin con aire severo, y lo conminó:


Te doy quince días para que llegue el rescate. Si no llega, te haré azotar, y si tratas de huir morirás peor que un perro. Ahora escribe una nueva carta y asegúrate de que te envíen el dinero.


Ambos prisioneros tuvieron que escribir a sus casas. En seguida les colocaron los grilletes y los condujeron hasta un foso que había a cierta distancia de la mezquita. En el interior de aquel foso los dejaron.


Habitar en el fondo de ese hoyo no podía ser más insufrible. No fue permitido que los prisioneros se despojaran de los grilletes por la noche, y tampoco se les autorizó para salir a la luz del día en ningún momento. Les arrojaban panes sin cocer y les bajaban jarras de agua.


La atmósfera era húmeda, asfixiante, pestilente. Kostilyn no tardó en enfermar y, en los ratos en que no dormía, no hacía más que quejarse. Jilin reconocía que era prácticamente imposible escapar y estaba muy desanimado.


En una ocasión en que se sentía muy triste y evocaba los tiempos en que era un hombre libre, le cayeron encima dos tortas y un atado de cerezas.


Arriba, en la boca del foso, se encontraba Dinka. Lo miró unos instantes, sonrió, y se marchó rápidamente. "¡Ella podría ayudarme!", pensó Jilin. Cavó un poco en el suelo, y juntó barro con el que comenzó a hacer muñecos y otras figuras.


Pero sus esperanzas de que la niña volviera al día siguiente se vieron defraudadas. Oyó, en cambio, voces que discutían acaloradamente. Sin duda celebraban una reunión junto a la mezquita, y el tema debía ser el destino de los prisioneros.
Jilin debió aguardar cierto tiempo antes de que Dinka reapareciera. Surgió de repente, arriba, encuclillada, con la cabeza tan inclinada hacia el foso, que su collar se balanceaba dentro de éste.


De una manga sacó dos quesos pequeños que dejó caer hacia Jilin. Sin embargo, no sonreía, y sus ojos fulguraban como estrellas. Él recogió los quesos y la observó.


Te hice unos juguetes —dijo—, y lanzó algunas de las figuritas hacia lo alto. Pero ella no las recibió. Volvió la cabeza, y sólo habló al cabo de un largo silencio:


Van a matarte, Iván.
¿Quién?
Mi padre. Es una orden de los viejos. ¡Tengo mucha pena por ti!
Si tienes pena por mí..., si quieres evitar mi muerte..., consígueme una vara larga...
¿Una vara?
Sí, un palo por el que yo pueda trepar.
La niña agitó la cabeza en un gesto negativo:
¡Me pides algo imposible, Iván! ¡Todos me verían!
¡Por favor, Dinka, inténtalo!


Dinka se fue, angustiada, y Jilin permaneció, pese a todo, mirando una y otra vez hacia arriba, esperando. En esta espera vio salir las estrellas, y oyó la voz que invocaba a Alá en los anocheceres, el almuédano llamando a la oración. El sueño comenzaba a invadirlo y se incorporó bruscamente al sentir que le caían pedazos de barro y piedrecillas en la cabeza. Entonces vio que una vara de madera muy larga bajaba por el boquete del foso. Se abrazó a ella, comprobando que era resistente, y una inmensa alegría lo colmó. Una vez más los ojos de Dinka resplandecían.


No hay más que dos hombres en la aldea, Iván —dijo—, todos los demás se han ido.
Jilin escuchó a la niña y se aproximó a Kostilyn.
¡Vamos, compañero, esta vez lo conseguiremos!


El otro prisionero no lo dejó continuar. Se hallaba absolutamente incapacitado para dar un solo paso, y había llegado la hora de despedirse. Así lo hicieron, y Jilin comenzó a trepar por el palo.


Resbaló dos veces, y subió de nuevo, hasta que alcanzó el borde del foso, y Dinka lo cogió con fuerzas del cuello de la camisa. Los dos se largaron a reír en ese momento, con una mezcla de inquietud y alegría.


Mientras la niña fue a esconder la vara, Jilin trató de abrir el candado de los grilletes con una piedra afilada. Pero era un candado extremadamente resistente. Al llegar de nuevo, Dinka le arrebató la piedra de las manos.


¡Déjame, yo lo haré —ofreció. Por desgracia, sus brazos eran delgados, sus manos pequeñas y finas y carecía de fuerza. Al poco rato soltó la piedra y estalló en lágrimas.


Jilin observó hacia el lado izquierdo de la montaña. La luna comenzaba a subir y el cielo se iluminaba. –Tengo que cruzar el valle y llegar al bosque antes de que la luna lo alumbre todo–, pensó. Aunque fuera trabado con los grilletes, arrastrando los pies, debía ponerse en marcha.


Adiós, Dinka. ¡Jamás te olvidaré! —exclamó, emocionado. Ella buscó en los bolsillos de él y guardó allí algunos panecillos. Después lo abrazó, y al separarse se puso a llorar desconsoladamente, al mismo tiempo que salía corriendo.


Cuando la niña se perdió en la oscuridad, Jilin todavía escuchó el sonido de campanillas que producía el collar de monedas. Después que aquel campanilleo se acalló, se persignó y empezó a caminar lo más rápido que le permitían los grilletes.


Al vadear el río la luna ya había iluminado el otro lado del monte, y una zona del valle se volvía clara. Se esforzó por ir más aprisa; sin embargo, al penetrar en el bosque vio que la luna se elevaba sobre las montañas, y que su luz ya lo envolvía todo. Se distinguían perfectamente los contornos de los árboles y los cerros se erguían como gigantes silenciosos.


Gracias a Dios no se había encontrado con nadie en su camino y se sentó a descansar un momento. Comió un pan y reanudó la marcha. Pero luego de avanzar unos dos kilómetros más, experimentó un fuerte dolor en las piernas. "Tengo que seguir", pensó. "Hasta que se agote la última reserva de mis fuerzas".


De pronto la luna empezó a desdibujarse y fue reemplazada por una luminosidad que anunciaba la proximidad del amanecer. Jilin continuaba andando cada vez más lentamente. "Sólo unos pasos más", se decía, "y me ocultaré entre los árboles a descansar". Pero al caminar esos pasos, ocurrió algo inesperado: de golpe se encontró al final del bosque y, al salir de éste, enfrentó un nuevo día.


Entonces vio las columnas de humo y a los hombres alrededor de las hogueras y, sin dar crédito a sus ojos, distinguió los relucientes fusiles de los cosacos y de los soldados rusos, y la fortaleza.


Sintió que la alegría lo ahogaba, y en ese preciso instante descubrió a tres tártaros en un cerro, a su izquierda. Antes de que reaccionara y retrocediera hacia el bosque, los tártaros, a su vez, lo vieron y bajaron el cerro.


¡Hermanos! ¡Sálvenme! ¡Hermanos! — suplicó Jilin en un alarido.


Los rusos lo escucharon, y varios cosacos partieron al galope a cortar el paso a los enemigos, mientras Jilin corría, a pesar de los grilletes, persignándose y gritando:


¡Hermanos! ¡Hermanos...!


Mas de quince eran los cosacos y los tártaros tuvieron que retroceder. Jilin se aproximó a los suyos, sosteniéndose apenas sobre sus pies engrillados, y todos lo rodearon, haciéndole mil preguntas. Él lloraba y reía simultáneamente, repitiendo:


¡Hermanos! ¡Mis hermanos!
Los soldados y los oficiales lo reconocieron. Le quitaron los grilletes y lo llevaron a la fortaleza, donde lo vistieron, comió y bebió vodka.


Todos estaban felices de volver a verlo, y Jilin tuvo que relatar varias veces su historia. Terminó diciendo, mientras los demás celebraban su regreso:


Pensaba casarme al llegar a mi casa, pero mi destino era otro. Me quedaré sirviendo en el Cáucaso.

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