domingo, 24 de mayo de 2015

JON LEE ANDERSON

Nacimiento:15 de enero de 1957
Nacionalidad: Estados Unidos
Ocupación: Corresponsal de guerra

El norteamericano Jon Lee Anderson, una de las figuras de la crónica periodística y uno de los corresponsales de guerra más relevante de los últimos 40 años, brindó en el Encuentro de la Palabra en Tecnópolis una rica entrevista donde reveló su lado más aventurero, una faceta de su personalidad que lo llevó a conocer a los personajes más importantes de la historia reciente y ser testigo activo de los sucesos clave de los últimos tiempos.



Tras el 911 en Estados Unidos, Anderson sintió la compulsión de ir a Afganistán. "Tenía que estar ahí. Era como si todo lo que había hecho antes servía para eso. La primera vez me tuve que ir porque los yihadistas árabes querían matarme. Era Bin Laden, pero nadie entendía aún quiénes eran. Tras el atentado, yo quería humanizar lo que iba a ser un frente de guerra, quería mostrar al mundo occidental que los afganos tenían recursos propios para conciliar. Para hacer la paz".

Anderson cubrió todos los conflictos en Medio Oriente y perdió ocho amigos personales. Al respecto, sostuvo que en Libia, por ejemplo, "Isis está abriendo un nuevo frente, con un iphone y una cuchilla matan a un occidental y se hacen famosos. Hay mucho odio del musulmán hacia el mundo occidental, no soy islamófobo, pero hay un problema, es un fundamentalismo sin reforma. Isis y el yihadismo con su voluntad de matar son el nazismo de nuestra era", remarcó. 
 
Antes de dejar Mara, fui al cementerio de la ciudad para el funeral de Habib al Akramah, el rebelde muerto. Los enterradores, dos jóvenes hermanos, se turnaban bajo el caluroso sol de media mañana. Dado que era Ramadan, ninguno podía beber agua, pero no se quejaban. Estaban ganado “mérito ante dios”, explicó Yasir, añadiendo una broma lúgubre: “Aquí no cuesta nada ser enterrado”.

Ambos hermanos eran desertores. Uno de ellos, Mohamed, un policía, había desertado quince meses antes; todavía vestía una camisa marrón que decía “Policía” en árabe. El otro, Hussam, había desertado tres meses antes; había estado en el servicio secreto, en la ciudad de Hama, dijo, y pudo escapar al norte cuando un contacto en el ESL le dio un documento falso de identidad. Le preguntó en qué tipo de misiones había estado. “Quemar casas, hace arrestos y traer mujeres para presionar a hombres que se creía estaban en el ESL”, dijo.

Cuando la tumba fue excavada, una muchedumbre de hombres y muchachos llegó caminando por el cementerio. La madre de Habib, Fatima, estaba allí también, aunque las mujeres musulmanas tradicionalmente no asisten a los entierros. Habib era cargado en una manta convertida en camilla entre dos postes, y los hombres depositaron su cuerpo en la tumba. Mientras arrojaban tierra encima, Fatima se desmayó. Los hombres cantaron: “Dios es grande, Bashar es el enemigo de Dios”.

La frase “enemigo de Dios” es utilizada con creciente frecuencia en estos días. A principios de este mes (agosto de 2012), el primer ministro de Siria, un sunita, desertó y, una semana más tarde, aplicó el epíteto al régimen de su ex jefe. Fawaz Georges, de la London School of Economics, me dijo que temía que se estaban apoderando del objetivo de derrocar a Assad con miras ideológicas e individuales. Las principales facciones que ganan fuerza en el caos de Siria –los kurdos que reúnen armas, los líderes de las reciente creadas milicias, los criminales y los jihadíes extranjeros—tienen, todas, sus propios objetivos, y una nación unificada puede no ser el primero de ellos “La siguiente fase será la más sangrienta y será la guerra interna”, afirmó Georges.

Una semana después del funeral, en el cuartel central de Hija Mara, en la escuela de Alepo, los rebeldes condujeron a cuatro prisioneros fuera del salón de clases y los obligaron a ponerse de rodillas al pie del muro, frente a la imagen de Mickey Mouse. Eran ex shabiha que habían acordado trabajar con los rebeldes y luego los traicionaron, abriendo fuego sobre sus nuevos aliados durante un ataque a una estación de policía. 

En el patio de la escuela, varios de ellos estaban cubiertos de sangre; habían sido golpeados con dureza. Mientras uno de los rebeldes filmaba con un teléfono, otra media docena abrió fuego con sus armas de asalto. En una ráfaga que duró cuarenta y cinco segundos, dispararon cientos de balas sobre los cuerpos de los hombres, creando tal estrépito que otros combatientes se taparon los oídos y huyeron.

En buena parte del país, la lucha sangrienta persiste, sin que ningún lado esté en condiciones de una clara victoria. El 8 de agosto (de 2012), el régimen comenzó una ofensiva en Alepo y, después de varios días de intenso bombardeo, los rebeldes se retiraron para continuar luchando en otra parte. Una semana después, un caza arrojó bombas poderosas sobre un barrio pobre de Azaz, destruyendo casas y matando al menos a cuarenta civiles. El edificio donde eran retenidos los rehenes libaneses de Abu Ibrahim fue destruido y cuatro de ellos murieron. En Líbano, sus parientes se desquitaron secuestrando a varios sirios.

Yasir llamó para decirme que había estado en Azaz y que había visto mujeres y niños cortados en pedazos –cosas que “nunca esperé ver en mi vida”. Con voz conmocionada, dijo: “¿Qué piensa Assad? No entiendo”.

 El 17 de agosto, la ONU anunció que cerraría su misión de observadores en Siria; después de cuatro meses de esfuerzos infructuosos, parecía no tener sentido seguir. Edmond Mulet, subjefe de la ONU para las operaciones de mantenimiento de la paz, dijo: “Es claro que ambos lados han elegido el camino de la guerra”.


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