domingo, 17 de mayo de 2015

TRAGEDIA DE ANTUCO


Chile ...
El 4 abril de 2005, un grupo de 400 jóvenes ingresó al Regimiento Reforzado N° 17 “Los Ángeles” en la ciudad del mismo nombre para cumplir con el Servicio Militar Obligatorio, la mayoría de los cuales optó por la vía voluntaria.

 Eso ocurrió el 4 de abril. La gran novedad de ese año fue la incorporación, por primera vez en su historia, de un contingente femenino. 20 mujeres entraron a cumplir con su periodo de conscripción.

Dentro del proceso formativo, la unidad militar trasladó a los conscriptos hacia la zona de Los Barros, al interior de la comuna de Antuco, en plena Cordillera de Los Andes.

El 18 de mayo, dos de las cinco compañías que realizaban su proceso de formación básica – las compañías de Mortero y Andina- iniciaron la marcha de retorno desde Los Barros hasta el refugio de La Cortina, de 20 kilómetros de extensión. En la víspera, las compañías de Cazadores, y de Plana mayor y Logística realizaron la misma marcha.

Sin embargo, ese 18 de mayo, las condiciones atmosféricas empeoraron de manera abrumadora. Los reclutas, sin la indumentaria ni la preparación adecuada, se enfrentaron a una brutal tormenta de viento blanco que hizo caer los termómetros a los 25 grados bajo cero.

Al mando de la tropa estaba el mayor Patricio Cereceda, quien impartió la orden de marcha. En el proceso judicial, se estableció que no recibió los partes meteorológicos que advertían de un sistema frontal que afectaría a la Región del Bío Bío.

Los hechos ocurrieron un miércoles. El primer despacho de Radio Bío Bío a las 16:50 horas dio cuenta del volcamiento de un camión en la zona cordillerana, con dos soldados fallecidos.

Inmediatamente, familiares de los soldados comenzaron a llamar a los medios de comunicación locales y después se trasladaron hasta la misma unidad militar.

El “volcamiento de un camión” que resultó ser la mayor tragedia del Ejército en tiempos de paz.


Había completo hermetismo, pero si bien se reconoció que los soldados estaban desaparecidos, la información oficial no daba cuenta de víctimas fatales. Sin embargo, la expectación hizo que padres, amigos y hermanos de los conscriptos se acercaran igualmente a la unidad militar.

SANTIAGO.- El Ejército busca intensamente a los soldados desaparecidos tras el temporal de viento y nieve que sorprendió ayer a cinco compañías que realizaban ejercicios de instrucción en la zona cordillerana de Los Barros, en la Octava Región, cerca del volcán Antuco.

Fue así como decenas de cientos de personas llegaron y repletaron hasta el Gimnasio “Andino”, aledaño al recinto castrense, en búsqueda de una respuesta.

Las comunicaciones del hecho se concentraron en Valdivia, sede de la Tercera División de Ejército, pero la presión ciudadana hizo que el entonces Comandante en Jefe del Ejército, General Juan Emilio Cheyre, viajara al día siguiente a Los Ángeles.

No se habló de soldados desaparecidos, sino que de efectivos dispersos en la montaña.

Mientras, en la zona cordillerana morían 44 soldados y un sargento segundo, quienes no pudieron soportar la ventisca o “viento blanco” por diversos factores, entre ellos su precaria vestimenta que no soportaba bajas temperaturas ni el paso por cauces de aguas gélidas.

La marcha empezó desde el refugio Los Barros, situado al nororiente del Volcán Antuco. La Compañía Morteros inició el recorrido, pero al desatarse la tormenta, empezaron a caer, agotados por el extremo esfuerzo físico al avanzar en la nieve, muriendo por hipotermia.

A eso de las 03:15, y luego de 10 horas de infernal caminata, algunos lograron llegar al refugio La Cortina. No había nadie y nada, salvo unas brasas, pero nada para comer. El viento entraba por todos lados, pero al menos pudieron descansar ahí.

Encendieron una salamandra que no tenía cañón, pero el humo era mejor que nada. Ya había pasado lo peor.

Como alguien tenía harina tostada, la mezclaron con nieve derretida. Luego llegaron unos panes y trozos de vienesa, mientras en la habitación contigua uno de sus compañeros agonizaba.

Fueron pocos los jóvenes de esta compañía que se salvaron al llegar al refugio, el cual se encontraba en precarias condiciones. La compañía Andina alcanzó las instalaciones abandonadas del refugio de la Universidad de Concepción.

Pese a las labores de búsqueda, éstas no fueron desarrollándose con la rapidez que se deseaba, extendiéndose hasta el 6 de julio el rescate de los cadáveres. Para estas tareas se utilizaron sofisticados equipos, dado que algunos cuerpos quedaron sepultados por la nieve a más de cuatro metros.

El resultado ya es conocido: 45 mártires y 77 sobrevivientes. De los fallecidos, 31 pertenecían a la Compañía Morteros y 14 a Andina.

Algunos de los soldados que marcharon y que sufrieron daños psicológicos por ver a sus compañeros morir o ser rescatados en adversas condiciones, solo siguieron su conscripción hasta octubre de ese año. El resto fue licenciado por parte del regimiento en los meses siguientes.

Lista de conscriptos rescatados, fallecidos y desaparecidos



Rescatados con vida
Nombre
Grado
Castro Flores, Ignacio Abelino
Cabo 2do
Durán Luna, Daniel Andrés
Teniente
Gutiérrez Romero, Claudio Rafael
Capitán
Hernández Meza, Luis Humberto
Conscripto
Fallecidos (45)
Nombre
Grado
Aqueveque Erices, Víctor Manuel
Conscripto
Avendaño Huilipán, Silverio Amador
Conscripto
Burgos Burgos, Francisco José Luis
Conscripto
Bustamante Ortiz, José Humberto
Conscripto
Bustos Bastías, Jonathan Exequiel
Conscripto
Carrasco Yáñez, David Alejandro
Conscripto
Castillo Ruiz, Robert Hernán
Conscripto
Castro Balboa, Juan Carlos
Conscripto
Chávez Varela, Cristian Javier
Conscripto
Contreras Hidalgo, Osvaldo Alexis
Conscripto
Contreras Mellado, Roberto Antonio
Conscripto
Díaz Cerna, Pedro de Dios
Conscripto
Díaz Valderrama, Esteban Andrés
Conscripto
Escobar Contreras, Rolando Andrés
Conscripto
Foncea Sandoval, Guillermo Gabriel
Conscripto
Fuentes Leiva, Luciano Andrés
Conscripto
Garcés Jorquera, Ricardo Antonio
Conscripto
Gazitúa Quijada, Guillermo Carmen
Conscripto
González Castillo, Milton Alejandro
Conscripto
Herrera Henríquez, Cristián Esteban
Conscripto
Jorquera Jara, Arnal Isaac
Conscripto
Lizama Palma, Jaime Alejandro
Conscripto
Mardones Cuevas, Daniel Benjamín
Conscripto
Mendoza Concha, Christian Marcelo
Conscripto
Monares Castillo, Luis Raimundo
Sargento 2do
Montoya Fica, Freddy Alejandro
Conscripto
Montoya Montoya, Francisco Javier
Conscripto
Muñoz Cifuentes, Hugo Javier
Conscripto
Ortega Astudillo, José Adolfo
Conscripto
Pérez Sánchez, Christopher Andrés
Conscripto
Pilar Parada, Freddy Patricio
Conscripto
Piñaleo Llaulén, Miguel Aurelio
Conscripto
Ramírez Jara, Juan Alfonso
Conscripto
Renca Navarrete, Julio César
Conscripto
Reyes Urra, Rubén Esteban
Conscripto
Quezada Vejar, Carlos Patricio
Conscripto
Saavedra Troncoso, Ángel Mauricio
Conscripto
Sánchez González, Enzo Moisés
Conscripto
Seguel Herrera, Ricardo Alexis
Conscripto
Sobarzo Cruces, Edgardo Alexis
Conscripto
Valenzuela Riquelme, Juan David
Conscripto
Vallejos Henríquez, Ignacio Antonio
Conscripto
Vallejos Vallejos, Cristian Alejandro
Conscripto
San Martín Villalobos, José Francisco
Conscripto
Zambrano Cárdenas, Juan Aléxis
Conscripto

El 4 de abril de 2005 Carolina Renca Navarrete junto a su madre dejaron a Julio en el Regimiento Reforzado de Los Ángeles. Allí el joven de 18 años realizaría su servicio militar y dejaría postergada la ilusión de estudiar Mecánica.

Sentada en el cálido living de su casa lo primero que recuerda es la triste despedida en el recinto militar. Carolina lloraba desconsoladamente, mientras él le suplicaba que dejara de hacerlo porque lo dejaría en vergüenza frente a sus compañeros. Nunca imaginó lo que vendría.

La tragedia golpea por partida doble


Alto, alegre, deportista, y regalón. Carolina dice que así era su hermano, de quien teme olvidar su rostro con los años, afirma con la voz entrecortada por la emoción.

Asegura que era muy apegado a la familia y que su vida era similar a la de cualquier joven de 18 años, que tenía el anhelo de estudiar Mecánica, para lo cual tenía habilidades.

“Él tuvo días libres. No recuerdo cuántos, sólo que el último domingo, antes de partir, tomamos once todos juntos en el campo”, señala Carolina, recordando con emoción la última vez que vio a su hermano vivo, cuando llegó a la casa de sus padres, ubicada en el sector rural de Los Ángeles, camino a Santa Bárbara.

Aquel domingo se tomaron fotografías, comieron y Julio les contó que partiría a campaña. La idea lo mantenía entusiasmado porque aprendería a esquiar.

Había quedado en la compañía Andina.

Pero la motivación y las ilusiones de Julio se vieron interrumpidas por un sinfín de circunstancias que terminaron con la vida de 45 personas.

Julio Renca | Archivo familiar


“Estaba muy oscuro y llovía mucho, por lo que mi papá le dijo a mi madre que fuera a preguntar por el hijo al Regimiento”. El sistema frontal podría continuar, así que ella fue y al regreso dijo que estaban todos bien en un refugio, según le habían informado desde el recinto militar.

Al caer la tarde, se encontraban los tres reunidos tomando once y viendo televisión. En ese momento la vida de la familia Renca Navarrete daría un vuelco del cual jamás se recuperarían.

Carolina cierra los ojos y relata como si se transportara a aquel día cuando escuchó y vio en un avance de noticias que un camión del Regimiento de Los Ángeles se había volcado. “Nosotros nos preocupamos, pero como nos habían dicho del Ejército que estaban en el refugio, lo dejamos pasar, no pensamos que Julio había muerto y menos que era tan grave el accidente”.

Luego apoya su mano derecha en su rostro y mira la luz que ilumina el living de su casa, en el sector Sur de la comuna angelina, y continúa el relato. Se esfuerza por contar con detalles lo que fue lo peor que ha vivido su familia.

Dice que un vecino de la parcela donde trabajaba su padre Luis llegó a la casa y los alertó, pues al parecer el accidente no era menor. Que fueran a Los Ángeles. Ahí comenzó una historia que si bien duró semanas, Carolina siente que sucedió en un solo día.

Hasta el gimnasio del Regimiento angelino comenzaron a llegar los familiares de más de 400 conscriptos. Todos imploraban por saber dónde estaban sus hijos y qué había sucedido. Dos interrogantes que enlutaban a un país y que hasta nuestros días, una parece no tener respuesta.

“No había información clara, sólo sabíamos que algo había pasado, pero sin más detalles. Hay momentos que no recuerdo y por más que me esfuerzo no lo logro. Lo único que escuché varias veces era que ‘estaban dispersos’. Con los días comprendí a qué se referían”.

Fue una tarde de aquellos días de insoportable y angustiosa espera cuando el General en Jefe del Ejército, en ese momento, Juan Emilio Cheyre, les dijo que no había sobrevivientes. Carolina se quedó paralizada y por primera vez vio llorar a su padre, quien se arrodilló en el pasto. Ella debió calmarlo porque quería agredir a Cheyre.

Recordando este episodio, la hermana de Julio llora y toma una pausa. Es el primer momento de la entrevista en que ocurre.

Ambos caminaron silenciosos, en completo shock, hacia la casa, donde los esperaba su madre ansiosa de una noticia de su hijo. No tuvieron que decir ninguna palabra, ya que con sólo mirarlos supo que Julio no regresaría a su lado.

Pasaron otros 10 días para que el cuerpo de Julio fuera hallado en la zona cordillerana de la provincia de Bío Bío, un 28 de mayo.

La llegada
Luego de la noticias, Carolina acompañada de su familia se presentó por varios días en el Regimiento para saber si habían encontrado el cuerpo de Julio, lo que fue confirmado el 28 de mayo.

No puede explicar la contradictoria sensación. Sentían una profunda alegría, sin embargo olvidaban que el joven estaba muerto.

Así comenzó la lucha judicial que emprendieron junto a las familias de los otros 44 fallecidos, que murieron de hipotermia tras realizar una marcha enfrentando bajas temperaturas y una tormenta de viento blanco sin el equipo adecuado.

El duelo de nunca acabar

El padre de Julio y Carolina, Luis, se suicidó el 24 de marzo de 2008, tres años después desde que la nieve le quitara a su hijo. La tristeza volvía a apoderarse con más fuerza de la vida y la historia de esta familia.

“Todos tuvimos una depresión profunda, pero mi papá tenía demasiada pena y nunca se la trató”, explica Carolina la drástica decisión de su padre.

Luis nunca quiso conocer el Memorial de Antuco, ni siquiera ir hasta allá. Tampoco participó de actos conmemorativos realizados por la institución, sólo compartía las velatones o actividades organizadas por las familias de los denominados “Mártires”.

I8 de mayo de 2005 "La Marcha Mortal" La Tragedia de Antuco (Completo) Muerte de Conscriptos.


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